Kairos Quartett: una hora de sonidos en la oscuridad
Hazaña de público y músicos en la sala Carlos Chávez
PABLO ESPINOSA

El agrupamiento camerístico alemán Kairos Quartett puso en vida la tarde del domingo el Cuarteto de cuerdas No. 3, In iij. Noct., de su coterráneo el compositor Georg Friedrich Haas (1953). Las particularidades de esta partitura y su ejecución convierten el suceso en un hecho histórico: se trata de una obra que debe interpretarse en la más absoluta oscuridad, los músicos tocan de memoria y si el público y las condiciones lo permiten, dura una hora.

Al final del concierto, en la Sala Carlos Chávez del Centro Cultural Universitario, músicos y público vivían una euforia peculiar. Es la primera vez, declaró a La Jornada la violista alemana Simone Heilgendorff, que logran la hazaña completa, pues en tres tentativas anteriores, en Berlín, Innsbruck y Barcelona, respectivamente, algún dispositivo electrónico entre el público (en todos lados se cuecen celulares) o alguna mínima luz echaron por tierra el proyecto. A lo más que habían llegado, en las tentativas ocurridas en esas ciudades, fue a 45 minutos de música en la semipenumbra.

Kairos Quartett había presentado la noche anterior en ese foro un programa con obras de Gyorgy Kurtág, Giacinto Scelsi, Brian Ferneyhough y John Cage. La noche de este miércoles darán su último concierto en la Carlos Chávez a las 20 horas, con más obras de autores contemporáneos, entre ellos el mexicano Julio Estrada y sus presentaciones forman parte del ciclo de conciertos internacionales de música de cámara en ese recinto, donde se ha creado en fechas recientes un público creciente.

En la consecución del éxito del Kairos Quartett fue definitiva, precisamente, la participación del público. Escuchar con interés y entusiasmo música contemporánea no es algo común en cualquier parte del mundo. Escuchar música en absoluta oscuridad y durante una hora es una hazaña del público y de los músicos. Además, se trata de una experiencia fascinante: cuatro músicos tocando de memoria y esparcidos en las cuatro esquinas de la sala Chávez completamente a oscuras, el espacio ideal por antonomasia por acústica y otras condiciones técnicas, propicias para sonidos y largos silencios, que en la oscuridad pocos pudieran soportar. No hubo pizca de luz en toda la hora, salvo la luz interior de más de cien personas sintiendo la presencia de los otros y la música en todo su esplendor.
El milagro superó la impronta de Goethe: Licht, mehr Licht!

La Jornada, Mexico City, 1.4.2003

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